¿Soy adicto?, ¿lo es mi pareja, mi hijo, mi padre?. Esa es la gran pregunta con la que se topan los familiares o aquellos que consumen sustancias o realizan alguna actividad de la que sienten que están perdiendo o han perdido definitivamente el control y que está afectando a diversos ámbitos de su vida.
Como en muchos otros aspectos de la psicología, no es fácil trazar la línea entre quien es adicto y quien no lo es, ya que son varios los factores a tener en cuenta a la hora de determinar la existencia o no de una adicción. Así que si te parece, empezaremos por el principio para distinguir una adicción de lo que no lo es. Vamos a hablar de uso, abuso y dependencia.
Lo más fácil es que pensemos en el alcohol para hablar de la diferencia entre cada uno de los términos. Seguro que conoces personas, incluso tu mismo, que toman una copa de vez en cuando, o que quedan a beber unas cervezas con amigos y esas acciones no tienen ningún tipo de consecuencia negativa y que ésta se prolongue en el tiempo. Su vida no gira entorno al consumo de alcohol, y aunque seguramente no sea lo más saludable, esa forma de consumir no tiene consecuencias. Son personas que hacen uso del alcohol.
Distinto es cuando hablamos de abuso del alcohol. Aquí volviendo al ejemplo de antes, si esa persona que queda con los amigos a tomar una copa y acaba bebiendo de tal manera, que al día siguiente no es capaz de ir a trabajar, y esto le ocurre reiteradas veces a lo largo del año, entonces estamos ante una persona que abusa del alcohol. Este digamos es el punto intermedio antes de desarrollar una dependencia. Es necesario abusar para terminar dependiendo. El abuso se caracteriza principalmente porque el consumo conlleva reiteradas consecuencias negativas ya sean a nivel físico, social o laboral, para la persona que consume, y dependiendo estas consecuencias de las circunstancias personales de cada uno. No es lo mismo que una persona con una dolencia hepática que tiene prohibido el alcohol por prescripción médica beba vino, que lo haga una persona que está completamente sana. O que quien beba sea chófer y esté trabajando o haga lo mismo estando de vacaciones. Es necesario que para que exista abuso, los problemas asociados al consumo sean relativamente habituales.
Y finalmente llegamos a la dependencia. Ésta es similar al abuso, pero digamos que todo lo relacionado con el consumo se intensifica. Las consecuencias del consumo empiezan a extenderse a todas las facetas de la vida. Surgen los problemas familiares, laborales y físicos. Y sobre todo, estos no disuaden del consumo a la persona. Las necesidades de conseguir alcohol son cada vez mayores, y se desatienden las obligaciones y responsabilidades por poder beber. Cuando nos enfrentamos a una dependencia, aparecen dos signos significativos de este estadio de consumo: la tolerancia y el síndrome de abstinencia. La tolerancia se refiere a que el organismo se acostumbra al consumo y cada vez se necesitan cantidades mayores de alcohol para conseguir el mismo efecto. El síndrome de abstinencia es un cuadro clínico que aparece cuando se interrumpe el consumo de la sustancia de la que se es depenciente. Este cuadro genera gran malestar al dependiente y en algunos casos como el alcoholismo puede llegar a ser peligroso para la vida del mismo.
Bueno, pues a modo de resumen podemos decir que tendremos un problema de adicción si el consumo está afectando de manera negativa y prolongada en el tiempo alguna de las facetas de la persona consumidora. Por eso no podemos hablar de cantidades de consumo, da igual si es una cerveza o dos botellas de whisky. Si de forma recurrente afecta negativamente la salud de la persona, a su trabajo, o a su vida social y ésta no es capaz de reducir su consumo, estamos ante una adicción.